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El síndrome del impostor no desaparece con más logros. Desaparece cuando entiendes de dónde viene

El síndrome del impostor no desaparece haciendo más, sino entendiendo de dónde viene

5/16/20266 min read

El síndrome del impostor no desaparece con más logros. Desaparece cuando entiendes de dónde viene

Había un momento que no olvidé durante años.

Era analista en un área pequeña. Solo dos personas en el equipo: mi colega — que con el tiempo se convirtió en mi mejor amiga — y yo. Reportábamos a un jefe muy profesional, alguien de quien aprendí mucho. Éramos un equipo pequeño pero funcionábamos bien.

Hasta que a él lo cambiaron de área.

No quedó claro de inmediato si habría reemplazo. Y entonces mi colega — que me conocía mejor que nadie en esa organización — dijo algo que no esperaba: que yo era la persona adecuada para asumir ese rol.

Lo que sentí en ese momento no fue orgullo.

Fue pánico.

Yo era la más nueva del equipo. Ella tenía más antigüedad, más contexto de la organización, más historia con el área. Y sin embargo ella no quería el puesto. Y además reconocía, con una claridad que yo no tenía sobre mí misma, que yo estaba más preparada para ese rol.

No lo vi así. Me pesaba demasiado ser la más nueva. Me pesaba demasiado la idea de que alguien pudiera cuestionar por qué era yo y no ella. Me pesaba, en el fondo, la posibilidad de asumir y no estar a la altura.

Esa fue la primera vez que fui consciente de que tenía miedo de ascender.

El puesto nunca se abrió formalmente.

Lo que pasó después es algo que, tristemente, sucede en muchas organizaciones: ella y yo absorbimos las responsabilidades de nuestro jefe. La empresa se ahorró el headcount. Y yo, sin cargo, sin título y sin el incremento salarial que ese rol llevaba consigo, empecé a tomar las decisiones importantes del área.

Hacía el trabajo. Tenía la responsabilidad. Asumía las consecuencias.

Sin nada de lo que el puesto hubiera significado.

Años después, cuando tuve suficiente perspectiva para mirar esa historia desde afuera, entendí algo que me parece importante compartir:

Lo peor que me pudo haber pasado no era asumir el puesto y fallar.

Lo peor que me pasó fue no querer el puesto — y terminarlo asumiendo de todas formas, sin ninguno de los beneficios que lo acompañaban.

El síndrome del impostor no me protegió de la responsabilidad.

Solo me protegió del reconocimiento.

Años después entendí algo más incómodo: la duda no venía únicamente de mí. Venía también de un sistema donde las mujeres aprendemos a cuestionar nuestra preparación mucho antes de cuestionar las oportunidades que merecemos.

Desde entonces, cada vez que alguien a mi alrededor me decía que tenía miedo de asumir nuevas responsabilidades por miedo a no cumplir, yo pensaba en esa historia y les decía lo mismo: acéptalo a pesar del miedo. Aprende sobre la marcha. Perfecciona mientras avanzas. Porque lo peor que te puede pasar ya lo conoces — quedarte sin el cargo y de todas formas asumir la responsabilidad.

Es increíble cómo la mente, buscando protegernos, trabaja en nuestra contra.

Si de todas formas terminas haciéndolo, ¿por qué no asumirlo con el título, con la compensación y con el espacio para reconocerte en curva de aprendizaje mientras lo dominas? Nadie llega a un rol nuevo sabiendo todo. La diferencia entre quien avanza y quien no, muchas veces, no está en la preparación. Está en si levantó la mano o esperó a sentirse lista.

Le damos demasiado peso al miedo a fracasar.

Y muy poco al costo silencioso de no intentarlo.

Tres de cada cuatro mujeres ejecutivas han experimentado el síndrome del impostor en algún momento de su carrera, según el estudio sobre liderazgo femenino de KPMG.

No estamos hablando de profesionales que están comenzando. Estamos hablando de mujeres con trayectorias probadas y resultados concretos.

Y sin embargo la sensación persiste: que en algún momento alguien va a descubrir que no son tan capaces como todos creen.

Lo que más me impacta de ese dato no es el porcentaje en sí. Es lo que viene después: el síndrome del impostor figura entre las principales razones por las que mujeres altamente competentes rechazan promociones. No porque no las merezcan. Sino porque la duda interna llega antes que la decisión — y muchas veces, como me pasó a mí, la responsabilidad llega de todas formas, pero sin el título ni el salario que la acompañan

Aquí está la paradoja que nadie te explica:

El síndrome del impostor no disminuye con el éxito. Para muchas mujeres ejecutivas, se intensifica con cada ascenso.

No porque tengas menos razones para confiar en ti misma. Sino porque a medida que subes, hay menos personas que se parecen a ti a tu alrededor. Menos referentes. Menos espejos donde reconocerte. Y el sistema corporativo — construido históricamente alrededor de un modelo de liderazgo que no nos incluyó como protagonistas — no tiene manera de validarte de la misma forma que valida a quienes encajan en ese molde desde el principio.

La duda, entonces, no nace de lo que eres.

Nace de un entorno que no fue diseñado para hacerte sentir que perteneces.

Lo que sí mueve la aguja es nombrar el patrón con precisión.

El síndrome del impostor tiene una arquitectura muy reconocible: minimizas tus logros atribuyéndolos a la suerte o al momento. Magnificas los de otros. Anticipas que en cualquier momento te van a "descubrir." Y ante eso, o te sobre preparas hasta el agotamiento, o evitas situaciones donde puedas quedar expuesta.

Cada una de esas respuestas tiene un costo de carrera que pocas veces se nombra abiertamente. La propuesta que no presentaste. La posición que no solicitaste. La conversación sobre ascenso que postergaste porque sentiste que todavía no eras suficiente.

En mi caso, el costo fue concreto: hice el trabajo de un nivel superior durante meses, sin el reconocimiento ni la compensación que ese trabajo merecía. No porque me lo impidieran. Sino porque yo no levanté la mano a tiempo.

La pregunta que hoy me hago con las ejecutivas con las que trabajo no es "¿tienes síndrome del impostor?" Casi todas lo han tenido en algún momento. La pregunta es: ¿cuánto te ha costado silenciosamente?

Lo que transforma la relación con esa duda no es suprimirla. Es aprender a leerla de otra manera.

Cuando aparece esa voz interna que dice "no estoy lista para esto", la respuesta que encontré — y que trabajo con las ejecutivas que acompaño — no es convencerte de lo contrario con afirmaciones vacías. Es hacerse una pregunta diferente:

¿Esta duda me está dando información útil sobre algo que puedo preparar mejor — o me está repitiendo una historia sobre mí misma que aprendí en un sistema que no me incluyó?

La distinción importa. Porque la primera es inteligencia. La segunda es ruido.

Aprender a diferenciarlas es uno de los trabajos más importantes — y menos romantizados — del desarrollo ejecutivo. No aparece en ninguna descripción de cargo. Pero determina, con mucha frecuencia, qué tan lejos llegan las mujeres más talentosas que conozco.

El síndrome del impostor no es una debilidad personal.

Es una respuesta comprensible a sistemas que no nos diseñaron para estar en ellos.

Y una advertencia práctica antes de cerrar:

Si esperas a sentirte lista para dar el siguiente paso, siempre habrá una razón para esperar un poco más. El perfeccionismo encontrará algo que pulir. La sobre-exigencia encontrará una brecha que llenar. La comparación encontrará a alguien que parece más preparada. Estos sesgos no desaparecen con el tiempo — se alimentan de él.

El miedo que sientes frente a un nuevo nivel es válido. No porque seas insuficiente, sino porque lo que viene sí es territorio desconocido. Sí va a requerir habilidades que todavía no dominas del todo. Sí habrá momentos de incomodidad real.

Pero hay algo que ya existe y que no va a desaparecer: todo lo que construiste antes de llegar hasta aquí.

Cada decisión difícil que tomaste. Cada problema que resolviste sin tener el manual. Cada vez que funcionaste bien bajo presión. Cada situación que no sabías cómo manejar y de todas formas manejaste. Eso no es contexto de fondo — es la base concreta sobre la que se apoya lo que sigue.

No vas a llegar al nuevo rol sabiendo todo. Nadie llega así.

Pero ya llegas con más de lo que crees — porque cada día anterior fue, sin que lo nombraras, preparación para este momento.

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